El soporte juvenil que fue decisivo en 2023 muestra hoy grietas: la intención de voto por Milei cayó del 45% en diciembre de 2025 al 29% en marzo de 2026 (QSocial), mientras la aprobación presidencial llegó a 36,4% en marzo de 2026 con una desaprobación cercana al 62% (Universidad Torcuato Di Tella).

¿Por qué se rompió el vínculo con los jóvenes?

Vemos que la variable económica explica gran parte del desgaste. La EPH del INDEC (4T 2025) registró una desocupación general del 7,5%, pero entre jóvenes la situación fue mucho peor: 16,8% en mujeres de 14 a 29 años y 16,2% en varones del mismo rango etario, ambas cifras más del doble del promedio general y con subas interanuales de 4,1 puntos (mujeres) y 4,5 puntos (varones) según el propio informe del INDEC. Además, la EPH muestra que cerca del 43% de los ocupados trabaja en la informalidad, con mayor concentración en jóvenes. A ese combo se suma la percepción: la encuesta LatAm Pulse de AtlasIntel para Bloomberg señaló que casi tres cuartas partes de los consultados calificaron el mercado laboral como “malo”, y la corrupción sigue encabezando las preocupaciones públicas. En esa mezcla la promesa digital de movilidad y meritocracia choca con una realidad de bajos ingresos y contratos precarios.

¿Se traducirá el descontento en votos o en abstención?

La respuesta no es automática porque la política juvenil es móvil. La Universidad Torcuato Di Tella detectó que el segmento de varones de 16 a 25 años —clave en 2023— mostró la mayor retracción en confianza hacia el gobierno; ese núcleo no pasó por estructuras tradicionales sino por dinámicas virales en redes, lo que genera una “lealtad líquida” según el estudio. Aquí entran dos riesgos: que ese electorado se abstenga masivamente o que migre hacia opciones que aún no existen en el mapa político. QSocial registra una caída rápida de adhesiones (45% a 29% en cuatro meses), y Semán advierte que la oposición tampoco muestra unidad ni una oferta atractiva. En ese limbo, la volatilidad puede fortalecer tanto la abstención como la emergencia de nuevos liderazgos, pero nada está cantado: la contienda dependerá de quién arme primero propuestas creíbles y tácticas de proximidad fuera de la pantalla.

Qué pueden hacer la oposición y el gobierno para reconectar

Si algo queda claro por los datos, es que las recetas simbólicas no alcanzan: hacen falta medidas focalizadas y visibles. La evidencia define prioridades: reducir la desocupación juvenil (EPH, 4T2025), formalizar empleos y mejorar los ingresos de entrada. La oposición, para ser creíble, debe dejar depelearse sólo por cargos y presentar propuestas concretas en empleo juvenil —por ejemplo, programas de pasantías con incentivos fiscales temporales, formación técnica ligada a demanda privada y ampliación de cupos en políticas activas— acompañadas de metas y plazos cuantificables. El gobierno, por su parte, necesita mostrar resultados rápidos en empleo y transparencia en gestión (la corrupción figura como primera preocupación según AtlasIntel/Bloomberg). Además, hay una oportunidad práctica: volver al vínculo presencial en espacios educativos y culturales para transformar la adhesión digital en compromiso real; eso coincide con la idea de reequilibrar lo analógico y lo digital, sin demonizar ninguna de las dos vías.

En síntesis, lo que vemos es una oportunidad política más que una condena definitiva: el electorado sub 35 es volátil y castigará la inacción, pero premiará propuestas concretas y presentación cuidada. Tanto el oficialismo como la oposición deben entender que ganar a los jóvenes hoy exige propuestas laborales reales, transparencia y volver a la calle, no solo a los algoritmos.